Espiritualidad de Madre Ysabel Lagrange
Nuestra vida espiritual consiste en tender a la perfección, o lo que es lo
mismo, en esforzarnos por conseguir nuestro fin mediante la unión con Dios
según la doctrina de Jesucristo. Desde los primeros días de la Iglesia no han
cesado sus obispos y doctores de presentarnos a Jesús como el modelo acabado
del cristianismo, y de explicarnos en sus sermones y en sus comentarios a la
Santa Escritura las funciones y los fundamentos de la vida espiritual.
Difícilmente se hallará algo más variado que la aplicación de estos principios,
porque aun cuando la doctrina predicada y practicada por Cristo es
necesariamente el ideal a que todas las almas cristianas deben aspirar, ni
todas se inspiran en ella de la misma manera, ni todas beben el amor de Dios en
la misma fuente principal, ni producen todas idénticos frutos. De ahí esa
maravillosa diversidad de espiritualidades en el seno de la Iglesia Católica.
(Tomado de Directorio Franciscanor Gratien de París, o.f.m.cap. http://www.franciscanos.org/sfa/gratien5.htm)

En Palabras de Madre Ysabel
“Todo lo
encontrareis en el Crucifijo si sabéis leer en Él”.
“Hermanas necesitáis la luz: luz sobre el mundo para temerle y despreciarle: luz sobre vuestra alma y sobre la de vuestros hermanos para estimarla y salvarla. Oh luz sobre todo sobre Dios, para fiaros de Él y amarle ¡Necesitáis la luz!”
“Amar es vuestro gran deber. Debéis amar a Dios
¿no os habéis hecho sus amigos al consagraros a Él?”
“Debéis
amar a los hijos de Dios: amigos del Redentor debéis salvar las almas y para
salvarlas ¿no debéis amarlas?
Amar es vuestro gran deber; más aquel deber
¿cómo lo cumpliréis? ¡Ay! Vuestro amor no es bastante tierno, ni bastante
fuerte. ¡Menos tierno quizás y menos fuerte que en los días de vuestro
noviciado, de vuestra profesión! Procurabais entonces morir a las criaturas y a
vosotras mismas; y siendo puro vuestro corazón”.
En Madre Ysabel Lagrange observamos un amor y
entrega incondicional al Sagrado Corazón de Jesús, ella se conduele de
todos los que sufren, los oprimidos, los abandonados, los más débiles, y trata
de refugiarlos a todos en este Sagrado Corazón, a quién acudía con mucha
frecuencia solicitándole confiadamente todos los favores que necesitaba para
resolver los distintos aconteceres de su obra.
Abrazó la Pobreza de una manera muy especial,
viniendo ella de una familia con suficientes recursos para mantenerse, no se
limitó sólo ayudar a la distancia. Se hizo una en la pobreza, apoyada en el
amor a Dios, para acercarse a los más necesitados en esa Venezuela en gran
crisis social.
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La Espiritualidad de San Francisco de Asís, encajó como un perfecto instrumento de acción
para ella. Se sintió a gusto en la Pobreza Franciscana, en la esperanza de
hacerse igual a los más desvalidos para atenderles, para llenarlos de esperanza.

Su gran amor a las Tres Divinas Personas la llevan a manifestar
tu afecto por ellos redactando la oración a la Santísima Trinidad, que dice: "Padre Eterno sé la luz de mi alma, Hijo de
Dios sé la fortaleza de mi espíritu, Espíritu Divino sé la llama de amor que
inflame mi corazón para que ame a mi Dios y a mi prójimo como a mí misma y me deje llevar por sus dulces inspiraciones".

Sus pensamientos expresan un gran amor o
devoción a la Santísima Virgen, por ejemplo: “¡Madre mía! ¡Madre amada! Si quiero sufrir
contigo, quiero vivir al pie de la cruz contigo, no me dejes sola, yo triunfaré
entonces”, “Madre mía, ¿Qué hago yo
sin ti? No me dejes sola, tú me conoces”, “¡Madrecita mía, qué feliz me siento; ya mi corazón es de mi Jesús!
Cuídalo, que tú eres mi fuerza y mi sostén”.
Otros bellos ejemplos de su espiritualidad en
su devoción a San Francisco: “Pidan a
nuestro Padre San Francisco les enseñe el arte supremo de la santificación”
Y también la invocación que hace al Ángel de la
Guarda: “Ángel de mi Guarda, venid a
ayudarme a conocer el estado de mi alma y a alcanzar de mi Dios la gracia de mi
Santificación”
Madre Ysabel presenta una actividad espiritual
intensa, con visitas constantes a Jesús
Sacramentado, ante cualquier urgencia o sólo por el deseo de estar allí con
Él, en coloquios de con aquel que era objeto de sus complacencias y consuelos